24 de mayo de 2012

Nuevos colores y generaciones para otra política: los desafíos de la democracia chilena

Nuevos colores y generaciones para otra política: los desafíos de la democracia chilena por Alicia Sánchez
ex secretaria Ejecutiva de Acción

*Este artículo fue escrito en conjunto por Alicia Sánchez, directora ejecutiva de Acción y Claudia Dides, socióloga de la Universidad Central.

Najat Vallaud-Belkacem es la flamante portavoz del gobierno francés; estará a cargo de los derechos de las mujeres, tiene 34 años y es franco marroquí. Aurélie Filippetti, la ministra de Cultura, tiene 38, es profesora, novelista e hija de un minero inmigrante italiano. Cécile Duflot es la ministra de Igualdad de Territorios y Vivienda, tiene 37 años y proviene del partido ecologista. Difícilmente encontraremos en apenas tres nombres de ministros y ministras de los últimos 20 años de democracia chilena una diversidad como esta.

El gobierno de Hollande, aunque se encuentra ante el desafío de una coyuntura de crisis extraordinariamente compleja e impredecible, ha optado por un gabinete paritario y multirracial, donde, además, una nueva generación de políticos y políticas se ha sumado a la tarea de gobernar. Una misión acompañada de muchas expectativas respecto del camino que Francia pueda trazar.

La osadía del actual habitante del Elíseo refleja los cambios que los partidos deben asumir si realmente quieren ganar no sólo las elecciones, sino fortalecer la adhesión de sus militantes, encantar a los/as ciudadanos/as y profundizar la democracia. En su discurso post triunfo en la Bastille, apeló a los jóvenes y una semana después los incorporó a su gobierno.

Su victoria se debe a diversas razones, pero seguramente convocar a una construcción conjunta de más igualdad en la República fue un factor importante a la hora de re-encantar a sus votantes y “devolver la confianza a los jóvenes”.

En América Latina y particularmente en Chile estamos a una distancia feroz de que los y las jóvenes (particularmente las mujeres jóvenes) se sientan llamados/as a asumir responsabilidades democráticas desde el Estado.

El primer gabinete de Michelle Bachelet fue paritario pero con escasa renovación de figuras. Y ya sabemos lo que pasó con el segundo y el tercero, donde los personajes más tradicionales de las élites partidarias regresaron a La Moneda para “enderezar” el rumbo. Hoy la situación ha empeorado: de 22 ministros/as sólo cuatro son mujeres y apenas un par tiene menos de 45 años.

El continuo es que no ha existido valentía a la hora de encabezar cambios. No se trata sólo de incorporar a nuevas generaciones en la construcción de proyectos políticos únicamente por su condición etárea, sino de mostrar una voluntad real por renovar la política, sus discursos y sus prácticas. Los/as jóvenes han demostrado tener un discurso contundente, generoso y han tratado de cruzar los cercos del consenso. Refrescaron el aire de nuestra democracia alicaída y han aportado con propuestas concretas, exigiendo transformaciones sustanciales al modelo político, social y económico. Sin embargo, las élites los siguen considerando actores secundarios de la democracia y no sería una gran novedad que los excluyeran de sus proyectos. De todas formas los jóvenes avanzan a paso firme y seguro en la conformación de nuevos espacios políticos como Nodo XXI o Revolución Democrática.

Los partidos debieran tomar en cuenta que Chile es el país donde menos votan los jóvenes, apenas un 25%. El promedio latinoamericano es de un 66%. También es donde existe mayor desconfianza en los partidos políticos por parte de los jóvenes. Y esto no significa que exista desinterés por la política, sino por el contrario, como lo ha demostrado el movimiento estudiantil. Lo que existe es un desinterés por las estructuras políticas actuales y un rechazo a la clausura que la Concertación hizo al ingreso de nuevos actores políticos al sistema.

En estos últimos años no ha habido señales de aprendizaje. La Concertación no quiere arriesgarse, sus partidos espantan a las escasas nuevas figuras que podrían entrar a competir y sólo apuesta a la carta de una ex presidenta que lidera las encuestas. A corto plazo quizás podrán sumar un gobierno más, pero otra clausura al ingreso de diversos actores a la política les costará, a largo plazo, mucho más caro que uno o dos gobiernos de derecha. Y los más perjudicados no serán los partidos sino la democracia y una ciudadanía sintiéndose estafada por enésima vez.

En Chile los datos de paridad dejan mucho que desear. El esfuerzo que se hizo en el gobierno de Bachelet se desvaneció con el tiempo, más aun no se aprobó la ley de cuotas ni siquiera en su gobierno. América Latina en general no está muy lejana a esta realidad, a pesar de los avances que se han realizado en algunos países como Bolivia y Ecuador, entre otros.

En nuestro continente, desde la década de los 90 se comenzaron a difundir las acciones afirmativas de género, también conocidas como leyes de cuotas, estableciendo mínimos de mujeres en los partidos políticos que debiesen incorporar en las elecciones de diversa índole.

Sólo doce países han sancionado leyes de esta naturaleza para promover la participación de las mujeres. El año 2007, en la Conferencia regional sobre la Mujer de América Latina y El Caribe (Quito), se firmó un Consenso para respaldar los acuerdos internacionales firmados por los Estados latinoamericanos y la necesidad de avanzar en la paridad entre los géneros.

Respecto a la participación de mujeres en los puestos de decisión a nivel latinoamericano, los porcentajes más altos de ministras (al 2010) son en Nicaragua (55,6%), Bolivia (37,7%), Ecuador (34,8%). La mayoría de los ministerios que ocupan las mujeres son más de carácter social que económico y político. En el caso de Chile es un 27,3% de total de ministerios. En relación al poder legislativo,Chile presenta uno de los porcentajes máss bajo de la región (14,2%), junto a Guatemala (12%), Brasil (8,6%), Panamá (8,5%), Colombia (12,7%). Y en el poder judicial Chile (25%), Argentina (29%), El Salvador (33%) y República Dominicana (31%). (Datos CEPAL, 2011).

Por su parte, el porcentaje de alcaldesas y concejalas electas es mayor, siendo más alto el de concejalas; en el caso de Chile 12,5% alcaldesas y 23,2% de concejales.

En este contexto se hace necesario avanzar en medidas de igualdad más allá del género e incluir las de raza, etnia y edad, con el objeto de fortalecer no solo la ciudadanía de las mujeres sino de los actores políticos que han sido excluidos de los espacios de toma de decisiones por largo tiempo, a través de leyes y acuerdos inadecuados.

Es un imperativo ético, en el marco de los cambios que están ocurriendo en el mundo, la necesidad de un fuerte desarrollo de políticas dirigidas a cambios de patrones socioculturales que generen condiciones paritarias en contextos económicos, sociales y culturales poco democráticos y donde se busca neutralizar a las fuerzas sociales. Es necesario que la democracia chilena abra espacios a estas nuevas actorías y que la política no se restrinja a los procesos electorales y a la esfera de los gobernantes.

 

 

 

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