Asociación Chilena de Organismos No Gubernamentales

La tertulia y la calle

En el Chile de este tiempo, hablar de participación ciudadana se ha convertido en un hábito discursivo. Si en Chile se crearan tantos mecanismos de participación efectiva como palabras para alabarla, ofrecerla o demandarla, entraríamos en una fase de democracia avanzada. Convengamos en que el déficit democrático en Chile tiene tantas evidencias como intendentes designados […]

En el Chile de este tiempo, hablar de participación ciudadana se ha convertido en un hábito discursivo. Si en Chile se crearan tantos mecanismos de participación efectiva como palabras para alabarla, ofrecerla o demandarla, entraríamos en una fase de democracia avanzada. Convengamos en que el déficit democrático en Chile tiene tantas evidencias como intendentes designados y tantas debilidades como distritos electorales establecidos por conveniencia partidaria. Hay mucho que hacer todavía para salir del lugar de ‘democracias imperfectas’ o no plenas en que nos ubican la mayoría de los rankings en el mundo.

En otro ámbito, y a pesar de la promulgación de la Ley 20.500 orientada a incluir la participación ciudadana en la gestión pública, sus procedimientos la escenifican como conversaciones entre la autoridad y unos representantes ciudadanos elegidos a menudo de manera discrecional, sin efecto en el ciclo de formulación e implementación de las políticas, sin difusión, sin sentido. Otros rituales de esta forma de entender la participación ciudadana, como tertulia, son las ‘rendiciones de cuentas participativas’. ¿Ha ido a alguna? Si va, no se le ocurra levantar la mano para preguntar y menos para interpelar a la autoridad que rinde cuentas a la ciudadanía. No se usa, no se trata de eso.

Participación, ciudadanía, organización social, sociedad civil y todas sus combinaciones, son conceptos que de tan mal dichos empiezan a sonar vacíos. Transgredidos en su contenido político, despojados de historia y de contexto, están siendo convertidos en un comodín. Hoy hasta las fuerzas políticas más conservadoras y de inspiración individualista promueven una asociatividad defensiva de sus intereses económicos. No será extraño ver desfilar grupos pro-lucro en la educación.

“La calle” es la metonimia de moda. La derecha quiere ganar la calle. Hay acusados/as de tener ‘poca calle’. Con la calle se ilustran en poquísimas palabras dos posiciones polares acerca de la relación entre gobierno y ciudadanos/as: “no se puede permitir que gobierne la calle” o “hay que escuchar a la calle”. La ocupación de las calles por multitudes de estudiantes en 2011 fue clave para que la reforma educacional cobrara centralidad en la agenda de los gobiernos desde entonces. Y hoy luchan entre otras cosas, para convertir ese capital en actoría política. Pero esta no es la única ni la más compleja de las tramas de organizaciones sociales, intereses y demandas que configuran la sociedad chilena en su historia reciente. No hay que olvidar que muchos de nuestros grandes avances democráticos descansan en épicas de resistencia social y de imaginación política ciudadana, sentido de lo público y de justicia social (aunque la derecha quiera ser más ‘social’, le falta sustrato).

Lo que ocurre en la calle es importante como hito de procesos ricos en producción de contenidos y prácticas sociales y políticas. A todos nos conviene fortalecer una institucionalidad social que mejore la convivencia en el nivel local, regional y nacional y por ende la democracia. Para la democracia y el buen vivir es muy importante el grado de involucración y responsabilidad que asumen los y las ciudadanas en los asuntos de interés público. Ni pura tertulia, ni pura calle. El Estado debe proveer de espacios de participación ciudadana efectiva y de mecanismos eficaces, exigibles y evaluables. Si no, es puro teatro.