Asociación Chilena de Organismos No Gubernamentales

Democracia a la chilena

Por Álvaro Ramis, presidente de ACCIÓN, publicado en Punto Final el 11/12/09 A pocas horas de las elecciones presidenciales y parlamentarias se hace necesario tomar distancia y pensar en el verdadero significado de este acontecimiento político. No se trata de restar importancia al resultado de estos comicios. Es altamente probable que lo que allí suceda […]

candidatosPor Álvaro Ramis, presidente de ACCIÓN, publicado en Punto Final el 11/12/09

A pocas horas de las elecciones presidenciales y parlamentarias se hace necesario tomar distancia y pensar en el verdadero significado de este acontecimiento político. No se trata de restar importancia al resultado de estos comicios. Es altamente probable que lo que allí suceda tenga graves consecuencias para Chile, e incluso para toda América Latina. Sin embargo, también es necesario relativizar este suceso. En primer lugar porque sabemos que no estamos ante un ejercicio que pueda llegar a expresar de forma diáfana y transparente la voluntad de los chilenos. La persistencia del sistema electoral binominal constituye una distorsión de tal envergadura que contamina el proceso desde su origen hasta su resultado final. La sobre-representación de la derecha no sólo trabaja a la hora de resolver quién resultará electo y quién no lo hará. Funciona como un dispositivo que altera la conformación de las coaliciones, la selección de los candidatos, la cobertura de la prensa y finalmente opera como un elemento de coacción que lleva a los electores a asumir la lógica del “voto útil”, basada en el principio del mal menor por sobre el “voto a conciencia”.

Tal como se ha demostrado en Honduras, no es posible identificar elecciones con democracia. Al contrario, si bien no puede haber democracia sin derecho a voto, también es cierto que ciertas elecciones pueden impedir el ejercicio democrático. No es la primera vez que una cortina electoral se usa para legitimar un golpe de Estado y usurpar la soberanía popular. Por este motivo es importante descreer de los discursos y arengas que hacen de las votaciones el centro y la cumbre de la participación de un pueblo. Para quienes entendemos la democracia como un proceso de ampliación de los derechos y libertades, en el que las mayorías logran extender sus capacidades e incrementar su poder, no todo acto electoral es sinónimo de democracia.

Un aspecto clave, del que poco se habla, radica en el extraordinario peso que ejercen los “grandes electores”. Se trata de actores ligados al gran capital que dirimen de forma indirecta las decisiones que los ciudadanos creemos resolver en las urnas. Su capacidad de incidencia se impone de antemano y decide los verdaderos compromisos de los candidatos. El relato de la igualdad formal, que funciona bajo el principio “una persona un voto”, se convierte en países como Chile en una cuento de hadas que encubre los acuerdos bajo cuerda de los candidatos ante los grandes grupos empresariales. Se instala de esta forma, por sobre el programa electoral declarado, un programa oculto basado en compromisos y deudas que amarran la voluntad de los candidatos. Ante esta realidad se suele argumentar que los problemas de la democracia se superan con más democracia. Esto es cierto siempre y cuando este aumento no se limite al incremento de los vicios y contradicciones electorales que ya soportamos. Se requiere un cambio cualitativo, que nos permita superar el formalismo electoral para avanzar hacia una democracia deliberativa, en la que el poder y el conocimiento se redistribuyan de forma sustancial y progresiva. Un proceso que no ocurrirá este 13 de diciembre.